Han pasado seis meses, y mi mente recuerda ese seis a las seis de la mañana cuando tocaron, desesperadamente, la puerta de la casa donde vivo.

Cuando abrí la contraventana, me dolía todavía la cabeza como si un elefante la hubiera tenido aplastada toda la noche. Grande fue mi sorpresa cuando advertí que afuera estaba una señorita con un sombrero grande en la mano, acompañada de un caballero bien encorbatado.

Me saludaron, y en medio del turrón y del humo de cigarrillo que recién se disipaba en el interior del ambiente, les contesté amablemente, porque cada vez que estoy con resaca, no sé por qué, me pongo nostálgico y muy sentimental. Entonces, el hombre de corbata me preguntó si tenía tiempo, e inmediatamente, sin esperar que le responda, abrió su Biblia y comenzó a explicarme por qué estaban pasando algunas cosas, y que posiblemente eran señales del fin del mundo. No sé por qué motivos, pero cada vez que me explican algo, casi nunca entiendo nada. Pero para no ofenderles, decidí decir sí a todo.

Viendo mi disponibilidad para aceptar todo, la señorita, acompañada de una sonrisa maliciosa y una mirada limpia, pía, inmaculada, pura, me invitó a ser un hombre nuevo, a convertirme al evangelio y, aquí me tienen ahora, convertido, sí, aunque ustedes no lo entiendan tampoco, estoy convertido, transformado al evangelio. 

Como es responsabilidad de todo hombre nuevo, tengo que leer todos los días un capítulo con sus respectivos versículos de mi Biblia, los mismos que interpreto a la sola luz de mi fe. También recibo, quincenalmente, mis dos revistas Despertar y Atalaya; las mismas que alimentan mi sed de conocer más sobre la Biblia y sobre Jehová. Mientras que, algunos libros como El código Da Vinci, La puta de Babilonia, La Virgen de los sicarios, Los Borgias, El evangelio de Judas, El libro prohibido del cristianismo, Y Jesús amaba a la mujer, se empolvan en los anaqueles de mi biblioteca, queriendo que los lean o los relean. Pero esos libros, por su contenido, ahora para mí están prohibidos, y como son medios de tentación, he decidido que, el día que me falte unas monedas para pagar mi diezmo, los venderé a Pabel, el vendedor de libros de la puerta de la Universidad, y de esa manera libraré a mi biblioteca y buscaré estar entre los 144.000 destinados a entrar al cielo, según manifiesta la Sagrada Escritura.

Así, he pasado estos meses, huyendo de Andrés Jara, Juan Giles, Andrés Cloud, quienes siempre me invitaban a tomar unas cervezas y a quienes les he tenido que negar, argumentándoles que mi religión no me lo permite, pues si rompo las reglas, podría ser aniquilado o destruido en este mundo. Recuerdo que en medio de mi voz entrecortada les decía que voy a rezar por ellos para que también se conviertan al evangelio. Aunque servía de poco, pues se reían en mi pelada cabeza, mientras que yo internamente decía: «Padre, perdónales porque no saben lo que dicen».

Todos estos días, meses, que para mí han sido años, he asistido los domingos a la Congregación o al Salón del Reino, para escuchar a los Ancianos predicar las sagradas escrituras; aunque, a decir verdad, algunas veces me quedaba dormido, ahogándome por la corbata que apretaba mi cuello; entonces, soñaba con los buenos momentos que seguramente le había hecho pasar Magdalena a Jesucristo y, de un momento a otro, despertaba, asustado por las aleluyas que todos decían.

Pero todo llegó a su fin porque, por cosas de la vida, tenía que donar sangre para un amigo que había sufrido un accidente. Entonces, me fui al hospital, casi junto a mí, llegaron los representantes del reino y me explicaron que estaba prohibido hacerlo, porque es parte de mi alma.

Esas palabras me encresparon, y les dije para qué carajo estoy en este mundo si no puedo ni donar mi sangre y salvar la vida a un amigo, y les manifesté que yo he puesto en mi documento de identidad que quiero donar mis órganos a quienes los necesiten cuando yo ya no los use. Les dije que quiénes eran ellos para prohibirme hacer con mi cuerpo lo que yo quiero; y diciéndoles así, les mandé a rodar e ingresé al banco de sangre del nosocomio a entregar una unidad para la persona que la necesitaba.

Recostado en la camilla y mientras veía correr mi sangre, sentí que me había convertido de nuevo, ya no al evangelio, sino en un ángel caído del cielo, y decidí que, después de salir, comenzaría a hurgar con mi trinche todos los corazones  y cerebros de las personas que no quieren ser libres en este edén que es el mundo en general.