Cuenta la leyenda que cuando lo vio, con la cara de cojudo, optó por seguirlo. Después que pasaron el puente Tingo, por la altura de cerro Visagaga, se le acercó y le pidió que se estacionara más arriba, pasando la subida a Marabamba.
Ya detenidos, el policía, que había puesto su cara de malo y asumiendo una voz disque de macho, le pidió sus documentos. El conductor comenzó a buscar, en medio de la infinidad de cosas que llevaba en el bolsillo de su camisa, los papeles solicitados. Finalmente, encontró la tarjeta de propiedad del vehículo, su licencia de conducir A1 y su documento de identidad.
El guardia que miraba hacia todas partes le dijo que la A1 no servía y que necesitaba la licencia de conducir de su motocicleta. Luego, como quien busca la quinta pata al gato, le manifestó que por qué manejaba sin casco. Entonces, el conductor, con el fin de romper el hielo y de hacer sonreír al cara de ogro, le manifestó: «Jefe, es que como usted se puede dar cuenta, yo soy pelado, por lo tanto tengo el casco incorporado». La autoridad sintió la palabra como una ofensa, y le pidió que por favor lo respetara y que lo acompañara al jirón Aguilar.
El chofer le dijo que le ponga la papeleta y que no tenía por qué ir al establecimiento, ya que una motocicleta debe de ser internada cuando el conductor no tiene la tarjeta de propiedad o cuando le falte el SOAT y, por no tener el casco, ni siquiera puede ser retenida, así lo estipula el reglamento. Luego, como quien bromeando, le aclaró que quien estaba en falta era él y, por lo tanto, él debería ser recluido en el depósito. De nuevo, elevando la voz, el jefe le pidió que no sea malcriado, que lo acompañe y que le iba a poner la papeleta por faltarle el respeto. Inmediatamente sacó su celular, hizo el ademán de marcar un número y habló en voz alta: «Mándame un carro para llevarme una motocicleta»; luego, cerró su celular y lo guardó. Sin embargo, no mencionó el lugar adónde debería ir el carro ni se notó que marcaba número alguno; entonces, los ojos del chofer se avisparon, su pequeño cerebro comenzó a pensar y se dio cuenta de que algo más había en esa intervención.
El policía casi con su voz suplicante le pidió que lo acompañara, el chofer encendió su motocicleta y le hizo caso. En el camino, el conductor de la moto lineal le solicitó arreglar sin ningún compromiso; la autoridad le dijo que la papeleta era algo más de ciento ochenta nuevos soles y que cuánto ofrecía.
El motociclista, calculando su bolsillo, ya que estaba más pelado que su cabeza, le ofrece diez nuevos soles. El tombo le contesta que es muy tela y, como seguramente siempre ve en la televisión el programa de Mauricio Fernandini, 20 lucas, optó por negociar para que esta última sea la cantidad. El policía le dijo que la entrega sea frente a la puerta del cementerio, teniendo como testigos a los muertos, para que nunca digan nada. Fue así; y colorín colorado, la intervención al que estaba sin casco, ha terminado.
Ya por la tarde, junto a una buena taza de café cargado, el intervenido que pasó toda esa odisea, me manifiesta que por eso quiere mucho a la policía, porque en vez de ponerle una papeleta por 180 nuevos soles, solo le pidió 20 lucas. Me dijo que los quería, porque tienen agallas para intervenir a un motociclista sin casco, mientras que unas cuantas cuadras más arriba, justo en la entrada principal a la UNHEVAL, una gran cantidad de vehículos, sin hacer caso a la señalización de que está prohibido estacionarse, lo hacen mientras algunos “jefes” con motocicletas pasan sin decir nada. Me dijo que los quiere, porque no tienen carácter para hacer cumplir la ordenanza municipal, en donde se prohíben algunos paraderos informales dentro de la ciudad y, sin embargo, los carros siguen estacionados en los mismos lugares, ocasionando el caos, y todo a vista y paciencia de los encargados de controlar el orden. Me dice que los quiere porque muchos vehículos pesados circulan por la ciudad en horarios prohibidos, y se les puede ver descargando materiales en algunos centros comerciales. Los quiere porque ve vehículos con balones de gas recorrer las calles, sabiendo que está prohibido. Los quiere porque casi siempre salen a realizar operativos y, de los tantos intervenidos, solo dos o tres pagan las infracciones en la Municipalidad. Los quiere porque siempre que lo pillan, le piden para la gasolina, para el ceviche y ahora solo falta que le pidan para la alfalfa del caballo, y, diciendo así, tomó el último sorbo de su café amargo y me miró molesto como si yo fuera el culpable de su desgracia.
estupendo articulo, que risa, retrata perfectamente la realidad local, por eso vivimos en una ciudad muy bien ordenada......