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La Coctelera

EL CONDÓN DEL ARZOBISPO

 

En estos últimos días, algunos diarios nacionales, manifestaban que una vez más el estado se enfrentaba a la iglesia católica. Todo a raíz de que el ejecutivo ha ordenado, por medio del Ministerio de Salud, la distribución de 18 millones de preservativos, en el habla popular (condón, jebe, poncho, etc.) para distribuirlo en los centros médicos, los que, en base a una orientación sexual distribuirán entre las personas sexualmente activas, para así evitar los embarazos no deseados, los contagios de enfermedades venéreas, más conocidos como ETS y la transmisión del SIDA. Lo cierto es que algunas autoridades eclesiásticas han puesto un grito al cielo. ¡Cómo es posible que se haga eso!, se está difundiendo una vida de libertinaje y abuso sexual, se está traicionando al mensaje de Jesús, etc., han manifestado.

La verdad es que en estos temas siempre habrá divergencias, ya sea por posiciones políticas, sociales, religiosas, filosóficas, éticas, etc. algunos estarán a favor y otros en contra.

Yo, como padre de familia de dos hijos varones, que día a día crecen y viven en una sociedad donde se habla, se ve y se escucha de cosas que en nuestros tiempos estaba prohibido decir, ver y escuchar; también tengo y quiero compartir con ustedes mi opinión.

Es de conocimiento local, regional, nacional y mundial que existen muchos sacerdotes que, dignamente, como se dice en nuestro medio, «han colgado la sotana» y, ahora se dedican a trabajar, algunos ocho, diez o doce horas diarias, para mantener a su esposa y a sus hijos. Pero también hay clérigos que siguen ejerciendo su profesión sacerdotal, y tienen uno, dos o más hijos a quien mantener, a quienes, hipócritamente llaman, ahijados, sobrinos, etc.

Conocemos, por ejemplo, que el actual presidente de Paraguay, mientras era obispo, tuvo seis hijos, y no solo con una mujer, sino, con varias. Sin ir muy lejos, hemos visto, escuchado o leído por los medios de comunicación que un esposo «moderno», encontró infraganti, a su esposa, nada más ni nada menos con el párroco de un lugar de Trujillo.

Ese hombre, solo atinó a mencionar algunas palabras incoherentes en medio de su ofuscación y nerviosismo. Para mí hubiera sido mejor que en vez de pedirle dinero, le hubiera recomendado o dicho: «Padrecito, al menos use condón y no empreñe a mi mujer, pues».

Seguramente algunos de ustedes que leen estos renglones, han comenzado a decir que  debemos comprenderlos, ellos también son hombres, tienen necesidades biológicas, etc. Es verdad, yo no estoy en contra de ello, lo que estoy en contra es que la Iglesia no permite que otros ciudadanos comunes y corrientes vivan su sexualidad con libertad. Por favor, ya no estamos en la Edad Media, estamos en el siglo XXI.

Señor arzobispo de Lima, es verdad que usted dio un grito al cielo, para que escuchen los ángeles su posición en contra de la salud pública; pero le pregunto ¿Qué ha dicho de ese sacerdote a quien le grabaron en un acto sexual?

Sabe su «excelencia», usted no tiene hijos a quienes mantener. Por más que digan lo que digan, no es lo mismo un hijo espiritual que uno carnal. Sabe, su «santidad», sus oídos santos nunca van escuchar que su hijo le diga: «Papá, quiero comenzar mi vida sexual, ¿qué debo hacer?». Qué quiere que le diga: «Hijo, eso está prohibido, solo está permitido dentro del matrimonio, además, así lo mandan los mandamientos». Cree usted que me escuchará. Dígame usted, tiene autoridad para enseñarme, hay un principio filosófico que dice que nadie puede amar lo que no conoce, pero también podemos decir que nadie puede enseñar lo que no vive.  

Sabe qué hará mi hijo cuando le diga eso, se callará, me dirá que está bien y hará cosas peores en silencio, en la soledad de la noche, dará rienda suelta a sus bajos instintos, como dicen algunos de mis amigos, comenzará a revolcarse en el fango de la lujuria, y lo peor, yo no sabré nada. Así, tal vez, embarace a una señorita y frustrará su vida y el de la enamorada, eso en el mejor de los casos; en el peor, adquirirá una de esas temibles enfermedades de transmisión sexual. Usted seguirá rezando, recibiendo emolumentos y nosotros, en este valle de lágrimas, estaremos jodidos.

Lo mejor que podemos hacer es dar una buena orientación sexual a los jóvenes y demás ciudadanos. Saquémonos esas máscaras de hombres virtuosos, votemos esas caretas con la que nos presentamos en esta sociedad, seamos sinceros con nosotros mismos y vivamos guiados por nuestra razón y si usted lo quiere, también por nuestra fe. Pero yo le recomendaría que usted tome muchos de esos preservativos y distribúyalos entre sus seguidores, para que ellos también sean felices, siquiera un instante, en este pequeño edén y, así, no estén embarazando señoras que trabajan para ellos o señoritas que creen en la buena fe de algunos religiosos.

POR QUÉ DEJÉ DE SER UN HOMBRE NUEVO

 

Han pasado seis meses, y mi mente recuerda ese seis a las seis de la mañana cuando tocaron, desesperadamente, la puerta de la casa donde vivo.

Cuando abrí la contraventana, me dolía todavía la cabeza como si un elefante la hubiera tenido aplastada toda la noche. Grande fue mi sorpresa cuando advertí que afuera estaba una señorita con un sombrero grande en la mano, acompañada de un caballero bien encorbatado.

Me saludaron, y en medio del turrón y del humo de cigarrillo que recién se disipaba en el interior del ambiente, les contesté amablemente, porque cada vez que estoy con resaca, no sé por qué, me pongo nostálgico y muy sentimental. Entonces, el hombre de corbata me preguntó si tenía tiempo, e inmediatamente, sin esperar que le responda, abrió su Biblia y comenzó a explicarme por qué estaban pasando algunas cosas, y que posiblemente eran señales del fin del mundo. No sé por qué motivos, pero cada vez que me explican algo, casi nunca entiendo nada. Pero para no ofenderles, decidí decir sí a todo.

Viendo mi disponibilidad para aceptar todo, la señorita, acompañada de una sonrisa maliciosa y una mirada limpia, pía, inmaculada, pura, me invitó a ser un hombre nuevo, a convertirme al evangelio y, aquí me tienen ahora, convertido, sí, aunque ustedes no lo entiendan tampoco, estoy convertido, transformado al evangelio. 

Como es responsabilidad de todo hombre nuevo, tengo que leer todos los días un capítulo con sus respectivos versículos de mi Biblia, los mismos que interpreto a la sola luz de mi fe. También recibo, quincenalmente, mis dos revistas Despertar y Atalaya; las mismas que alimentan mi sed de conocer más sobre la Biblia y sobre Jehová. Mientras que, algunos libros como El código Da Vinci, La puta de Babilonia, La Virgen de los sicarios, Los Borgias, El evangelio de Judas, El libro prohibido del cristianismo, Y Jesús amaba a la mujer, se empolvan en los anaqueles de mi biblioteca, queriendo que los lean o los relean. Pero esos libros, por su contenido, ahora para mí están prohibidos, y como son medios de tentación, he decidido que, el día que me falte unas monedas para pagar mi diezmo, los venderé a Pabel, el vendedor de libros de la puerta de la Universidad, y de esa manera libraré a mi biblioteca y buscaré estar entre los 144.000 destinados a entrar al cielo, según manifiesta la Sagrada Escritura.

Así, he pasado estos meses, huyendo de Andrés Jara, Juan Giles, Andrés Cloud, quienes siempre me invitaban a tomar unas cervezas y a quienes les he tenido que negar, argumentándoles que mi religión no me lo permite, pues si rompo las reglas, podría ser aniquilado o destruido en este mundo. Recuerdo que en medio de mi voz entrecortada les decía que voy a rezar por ellos para que también se conviertan al evangelio. Aunque servía de poco, pues se reían en mi pelada cabeza, mientras que yo internamente decía: «Padre, perdónales porque no saben lo que dicen».

Todos estos días, meses, que para mí han sido años, he asistido los domingos a la Congregación o al Salón del Reino, para escuchar a los Ancianos predicar las sagradas escrituras; aunque, a decir verdad, algunas veces me quedaba dormido, ahogándome por la corbata que apretaba mi cuello; entonces, soñaba con los buenos momentos que seguramente le había hecho pasar Magdalena a Jesucristo y, de un momento a otro, despertaba, asustado por las aleluyas que todos decían.

Pero todo llegó a su fin porque, por cosas de la vida, tenía que donar sangre para un amigo que había sufrido un accidente. Entonces, me fui al hospital, casi junto a mí, llegaron los representantes del reino y me explicaron que estaba prohibido hacerlo, porque es parte de mi alma.

Esas palabras me encresparon, y les dije para qué carajo estoy en este mundo si no puedo ni donar mi sangre y salvar la vida a un amigo, y les manifesté que yo he puesto en mi documento de identidad que quiero donar mis órganos a quienes los necesiten cuando yo ya no los use. Les dije que quiénes eran ellos para prohibirme hacer con mi cuerpo lo que yo quiero; y diciéndoles así, les mandé a rodar e ingresé al banco de sangre del nosocomio a entregar una unidad para la persona que la necesitaba.

Recostado en la camilla y mientras veía correr mi sangre, sentí que me había convertido de nuevo, ya no al evangelio, sino en un ángel caído del cielo, y decidí que, después de salir, comenzaría a hurgar con mi trinche todos los corazones  y cerebros de las personas que no quieren ser libres en este edén que es el mundo en general.

¿SACHA CURA?

El día de Jueves Santo en algunas parroquias se leyó, a pedido del obispo de Huánuco, una denuncia pública contra Henry Retiz, un joven que dice pertenece a la Iglesia Católica Apostólica Renovada. Desde que se me comenzó a caer el pelo, nunca he escuchado de esa agrupación, ni tampoco he visto a la Iglesia Católica Apostólica Romana inmiscuida en una broca de dimensiones apocalípticas con unos sachas curas, que es como los llaman.
Las paredes de muchas iglesias son testigos de cómo ese día Santo, en donde se celebra el Día del Sacerdote, además se leía una casi excomunión al joven, disque casi, por poquito, diácono, quien junto a otros dos, estaban celebrando misas, realizando matrimonios, bautizando y efectuando otros actos litúrgicos en las capillas de las comunidades de Malconga, Llanquipampa y otros pueblos, que pertenecen al distrito de Santa María del Valle.
Para no quedarnos con las dudas, fuimos a los lugares en mención y hemos tenido la suerte de conversar con algunos cristianos católicos apostólicos romanos renovados. Y nos contaron que esos sacerdotes vestidos con hábitos de color ucuhs, se dieron el afán de desempolvar esas capillas en donde hace muuuuuucho tiempo no llegaban ministros de Dios, y si llegaban era solo para celebrar misas de fiestas patronales, eso porque los mayordomos podían pagar el estipendio realmente oneroso; o para celebrar la misa de algún cuerpo presente y alma ausente.
Luego nos manifestaron que los supuestos sacha curas, estando en esos lugares, comenzaron a realizar los actos litúrgicos a mitad del precio de lo que los ministros oficiales les cobraban. Y, como estamos en una economía de mercado, ellos eligieron al que cobra menos. Además, lo más importante es tranquilizar al alma que está desesperada, escuchando alguna santa recomendación y recibiendo la bendición con agua bendita, sea esta esparcida por verdaderos o falsos curas.
También nos contaron que muchas veces cuando el párroco principal iba (si es que iba) celebraba su misa en menos de lo que canta un gallo, repartía la comunión a diestra y siniestra y terminaba su celebración para que, inmediatamente, después de cobrar por su trabajo más de lo que cobra un cura de la ciudad, subirse en su camioneta y desaparecer raudo, con el polvo del camino.
Finalmente, nos dijeron que quieren que regresen los curas vestidos de color rata en vez de los principales que, sinceramente, los tenían bien abandonados. Y que estaban agradecidos porque esos sacerdotes les hablaban de cómo cuidar a su familia, de cómo criar a sus hijos; y es que los plomizos son sacerdotes modernos, pues tienen una familia constituida y, por lo tanto, predican con el ejemplo.
Según el Derecho Canónico, todo sacerdote que falte a uno de sus principios puede ser suspendido para realizar actos litúrgicos, pero, con autorización, pueden seguir realizándolos. Pero la actitud retrógrada, dogmática del obispo que representa a los creyentes de esta ciudad, ha hecho que se los vean como condenados; que se los vean como los malvados porque se muestran ante sus seguidores con sus esposas y sus hijos. En resumidas cuentas, los quieren juzgar como si estuviéramos en la Edad Media. Un poco más, arman, junto con sus más acérrimos seguidores, una hoguera en plena Plaza Mayor y los queman vivos.
Pareciera que quisieran que se les viera como los impostores que les están quitando parte de la marmaja. ¿Acaso no son ellos ministros de Dios? Si han sido ordenados, ese sacramento no se puede borrar con nada; por lo tanto, si faltan sacerdotes, tranquilamente pueden servir de apoyo a aquellos párrocos que por sus múltiples ocupaciones, dignas de admiración, no pueden atender a las ovejas perdidas que esperan una palabra de salvación. O es que la jerarquía católica de Huánuco prefiere seguir perdiendo feligreses en manos de otros intransigentes como los evangélicos protestantes.
En la semana que pasó, los sacha curas han denunciado por muchos medios de comunicación la actitud obstinada, pertinaz, terca del obispo y su posición frente a ellos. Si a diario escuchamos que nos predican que debemos perdonar, que debemos ser justos con todos, que debemos comunicarnos, pareciera que eso es lo que falta a algunos miembros de la Iglesia Católica Apostólica Romana, y ahora también Renovada. Como dice la Biblia: «Médico, cúrate a ti mismo».

Agradecinmiento

Gracias ghospo por tu opinión, lo bueno de tener amigos es que ellos siempre hablan bien de uno.

POR ESO SE QUIERE A LA POLICÍA

Cuenta la leyenda que cuando lo vio, con la cara de cojudo, optó por seguirlo. Después que pasaron el puente Tingo, por la altura de cerro Visagaga, se le acercó y le pidió que se estacionara más arriba, pasando la subida a Marabamba.

Ya detenidos, el policía, que había puesto su cara de malo y asumiendo una voz disque de macho, le pidió sus documentos. El conductor comenzó a buscar, en medio de la infinidad de cosas que llevaba en el bolsillo de su camisa, los papeles solicitados. Finalmente, encontró la tarjeta de propiedad del vehículo, su licencia de conducir A1 y su documento de identidad.

El guardia que miraba hacia todas partes le dijo que la A1 no servía y que necesitaba la licencia de conducir de su motocicleta. Luego, como quien busca la quinta pata al gato, le manifestó que por qué manejaba sin casco. Entonces, el conductor, con el fin de romper el hielo y de hacer sonreír al cara de ogro, le manifestó: «Jefe, es que como usted se puede dar cuenta, yo soy pelado, por lo tanto tengo el casco incorporado». La autoridad sintió la palabra como una ofensa, y le pidió que por favor lo respetara y que lo acompañara al jirón Aguilar.

El chofer le dijo que le ponga la papeleta y que no tenía por qué ir al establecimiento, ya que una motocicleta debe de ser internada cuando el conductor no tiene la tarjeta de propiedad o cuando le falte el SOAT y, por no tener el casco, ni siquiera puede ser retenida, así lo estipula el reglamento. Luego, como quien bromeando, le aclaró que quien estaba en falta era él y, por lo tanto, él debería ser recluido en el depósito. De nuevo, elevando la voz, el jefe le pidió que no sea malcriado, que lo acompañe y que le iba a poner la papeleta por faltarle el respeto. Inmediatamente sacó su celular, hizo el ademán de marcar un número y habló en voz alta: «Mándame un carro para llevarme una motocicleta»; luego, cerró su celular y lo guardó. Sin embargo, no mencionó el lugar adónde debería ir el carro ni se notó que marcaba número alguno; entonces, los ojos del chofer se avisparon, su pequeño cerebro comenzó a pensar y se dio cuenta de que algo más había en esa intervención.

El policía casi con su voz suplicante le pidió que lo acompañara, el chofer encendió su motocicleta y le hizo caso. En el camino, el conductor de la moto lineal le solicitó arreglar sin ningún compromiso; la autoridad le dijo que la papeleta era algo más de ciento ochenta nuevos soles y que cuánto ofrecía.

El motociclista, calculando su bolsillo, ya que estaba más pelado que su cabeza, le ofrece diez nuevos soles. El tombo le contesta que es muy tela y, como seguramente siempre ve en la televisión el programa de Mauricio Fernandini, 20 lucas, optó por negociar para que esta última sea la cantidad. El policía le dijo que la entrega sea frente a la puerta del cementerio, teniendo como testigos a los muertos, para que nunca digan nada. Fue así; y colorín colorado, la intervención al que estaba sin casco, ha terminado.

Ya por la tarde, junto a una buena taza de café cargado, el intervenido que pasó toda esa odisea, me manifiesta que por eso quiere mucho a la policía, porque en vez de ponerle una papeleta por 180 nuevos soles, solo le pidió 20 lucas. Me dijo que los quería, porque tienen agallas para intervenir a un motociclista sin casco, mientras que unas cuantas cuadras más arriba, justo en la entrada principal a la UNHEVAL, una gran cantidad de vehículos, sin hacer caso a la señalización de que está prohibido estacionarse, lo hacen mientras algunos “jefes” con motocicletas pasan sin decir nada. Me dijo que los quiere, porque no tienen carácter para hacer cumplir la ordenanza municipal, en donde se prohíben algunos paraderos informales dentro de la ciudad y, sin embargo, los carros siguen estacionados en los mismos lugares, ocasionando el caos, y todo a vista y paciencia de los encargados de controlar el orden. Me dice que los quiere porque muchos vehículos pesados circulan por la ciudad en horarios prohibidos, y se les puede ver descargando materiales en algunos centros comerciales. Los quiere porque ve vehículos con balones de gas recorrer las calles, sabiendo que está prohibido. Los quiere porque casi siempre salen a realizar operativos y, de los tantos intervenidos, solo dos o tres pagan las infracciones en la Municipalidad. Los quiere porque siempre que lo pillan, le piden para la gasolina, para el ceviche y ahora solo falta que le pidan para la alfalfa del caballo, y, diciendo así, tomó el último sorbo de su café amargo y me miró molesto como si yo fuera el culpable de su desgracia.

El Apóstata los saluda

Damas y caballeros, les saludo y espero compartir con cada uno de ustedes algunos articulillos que este hombre descerebrado y descabellado tiende a publicar en un diario local. Espero compartir, de esta manera, con los internautas, un poco de la problemática de mi localidad y de mi país y, con la esperanza de que tus comentarios apoye a seguir difundiendo lo que uno piensa.